Resucitaremos

20141104SembradorIglesia Viva 04.11.14//Por: Germán Manzuelo Leytón//Se creía por muchos, y, lamentablemente se sigue creyendo por muchos, que tras la muerte no hay nada: han visto un cadáver en descomposición, y lo han visto pulverizado cuando trasladaron sus restos. ¿Cómo puede este cadáver adquirir nueva vida? Creen más a sus ojos que ven la destrucción corporal que a su fe que les asegura definitiva resurrección.

La Resurrección de Jesús fue un triunfo definitivo sobre la muerte. Lo que Jesús hizo con su cuerpo -permitiendo que muriera y fuera enterrado, para que se demostrara palpablemente la resurrección- lo hará con todos los mortales. Todos resucitarán para someterse al Juicio Final, y todos permanecerán en estado de resucitados.

Jesús es claro cuando se refiere a esta doctrina, fundamental entre sus enseñanzas, porque es el premio o castigo merecido por la libertad de cada persona. Afirma seriamente Jesús: «No se asombren de esto: llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán mi voz. Los que hicieron el bien saldrán y resucitarán para la vida; pero los que obraron el mal resucitarán para la condenación» (Jn 5, 28-29).

La clase de resurrección no se consigue con palabras, es la vida, son las obras las que señalan la calidad de nuestra resurrección. Podemos entenderlo nítidamente en la expresiva Parábola del Sembrador (cf. Mc 4, 1-20). Hay cuatro clases de terrenos en los que se deposita la semilla divina: cuatro clases de personas que reciben con más o menos éxito, la vida de Dios que va en la semilla.

La primera categoría de personas son aquellos que oyen la Palabra de Dios pero sin atención. Llega el Demonio y lleva lo que se halla en la superficie.

La segunda son los que escuchan la Palabra de Dios con gusto, pero se preocupan poco de la simiente, y ésta se pierde en la primera prueba y persecución.

La tercera son los que oyen la Palabra, pero la ahogan con sus graves preocupaciones materiales y la ceguera propia de la riqueza, por lo que no puede producir fruto.

En la explicación de Jesús, se nota claramente que Dios ha arrojado buena y abundante semilla, y que lo que falla es el campo, la persona, que o no recibe la semilla porque no lo desea, o la recibe y la echa a perder por su propia culpa, porque la semilla en sí es excelente, de tal modo que la cuarta categoría de personas aprovecha de tal modo la semilla con su meditación, con su aprecio que dan fruto cada uno según la proporción de su esfuerzo y de la ilusión con que han recibido esta semilla de Dios.

Está claro que la misma semilla produce efectos diversos. De gran cosecha o de nula, según las condiciones de la persona, por eso cada persona prepara su propia resurrección para la eternidad, si no ha aprovechado la semilla recibida ella misma se excluye del premio del Reino, si ha aprovechado y ha dado fruto, en esa misma proporción recibirá la luminosidad de la propia proporción recibirá la luminosidad de la propia resurrección.

No habrá equivocación alguna. Las obras de cada uno aparecerán como en una gigantesca pantalla y quién no ha aprovechado el tiempo comprenderá que no es Dios quien lo condenará, sino que es la misma persona la que se ha auto eliminado. Ha tenido tiempo suficiente y medios, para adquirir el boleto del Reino, no lo hizo, o por pereza, o por malicia, por orgullo, o por desprecio de la Palabra de Dios, y sin ese boleto no se entra al Reino de los Cielos.

Con un dramatismo impresionante San Pablo describe, estas dos formas de resurrección diciendo:
«Muchos viven como enemigos de la Cruz de Cristo, les espera la perdición, su Dios es el vientre y se sienten muy orgullosos de cosas que deberían avergonzarlos. No piensan sino en las cosas de la tierra, en cambio nuestra Patria está en el Cielo de donde vendrá el Salvador que cambiará nuestro cuerpo miserable y lo hará semejante a su propio cuerpo del que irradia su gloria» (Fil 3, 18-19).
No tenemos que esperar a que se le aparezca un muerto y resucitado y le demuestre con su ejemplo la verdad; Jesús mismo, en la Parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31), negó esta prueba al condenado, manifestándole que ya tenían bastantes fundamentos doctrinales para creer en la resurrección.

Luego, existirá la resurrección para todos, sin excepción. Pero ¡no será de la misma clase! Con realismo impresionante, en pocas palabras Jesús ha revelado la importancia de esta resurrección: para los buenos será el comienzo de una vida eterna, feliz, sin sufrimiento alguno, en el disfrute del conocimiento y del amor de Dios; para los malos será el comienzo de una vida eterna, infeliz, desesperante, sin cambio alguno, bajo las órdenes macabras de Satanás en cuyo poder ha caído para siempre.

Elijamos ahora nuestra forma de resurrección, es el tiempo oportuno.

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