Olvido del Cielo

20141204germanIglesia Viva 04.12.14//Por: Germán Mazuelo-Leytón//En una encuesta entre jóvenes de asociaciones religiosas, sobre la idea del Cielo, las respuestas fueron desconcertantes, ya que todas ellas podrían resumirse en esta doble afirmación:

Primera: lo veo demasiado lejos.
Segunda: apenas pienso en el Cielo.


Es un error gravísimo el dejar el pensamiento y la ilusión del Cielo hasta la última hora de la vida. No pensó así Jesús que nos recomienda la ilusión del Cielo como una idea y una obsesión permanentes.
Por eso enseña San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti”.
Al guiar nuestras ambiciones y nuestras realidades nos recomienda vivamente Cristo: “Busca ante todo el Reino de Dios”. Ante todo, antes que cualquier realidad humana más apremiante, ya que lo que conduce al Cielo es acierto, pero una ofuscación cuanto no llega al Cielo, y al observar la inquietud por los bienes terrenos que abruma a la mayoría de los mortales indica Jesús: “Atesorad los tesoros del Cielo” (Mt 6, 20), y compara estos tesoros que no desaparecen ni por propia destrucción, ni por la acción de los ladrones como sucede con los tesoros de la tierra.
El Cielo no se regala a nadie, hay que conquistarle, y a precio de buen trabajo durante esta vida, ya que la muerte cierra toda posibilidad de ganancia, por eso da pena que los cristianos en su mayoría tienen sus apetencias con los bienes terrenales, perdiendo tiempo y oportunidad de conquistar los únicos tesoros recomendados por Jesús. No olvidemos: el Cielo hay que conquistarlo con las buenas obras.
A su discípulo Timoteo escribe Pablo: “No será coronado sino el que legítimamente luche” (2Tim, 2, 5). Luego, hay que merecer el Cielo.
En la encuesta de los jóvenes, había verdaderos fenómenos que sabían de memoria las alineaciones de los diversos equipos, la lista de las montañas más altas, los tiempos de los récords, o los menudos miembros que constituyen un organismo humano, sabían todo, pero no sabían cuántos y cuáles eran los mandamientos de Dios.
Sin embargo, no habían pensado nunca seriamente que llevaban camino de ser excluidos definitivamente del apetecido Cielo.
Luis XI de Francia era un rey de buen humor, que gastaba pesadas bromas a sus servidores. En cierta ocasión acudió a la cocina de revisión periódica, y halló un pinche de aspecto ingenuo a quien pretendió tomar el pelo.
Le preguntó en un tono muy burlón: “¿Podría decirme caballero, cuánto gana Usted en este trabajo de tanta categoría?”
“Majestad, gano exactamente igual que Usted, ni más ni menos”.
“Entonces gozas de buen sueldo, si es tanto como el del rey, ¿podría decirme cuánto gana Su Excelencia?”.
“Su majestad no puede ganar nada más alto y hermoso que el Cielo, y precisamente es lo que yo gano, el mismo Cielo. De modo que tengo la ilusión de no ser menos que ninguno de los grandes dominadores del mundo, dentro de muy poco. ¿Le parece cierto majestad?”
El monarca siempre lleno de graves problemas, admiró la sabiduría cristiana del último pinche de cocina.
El Cielo, no se compra con dinero, ni se reserva para las grandes figuras sociales, como se reservan los palcos de los elegantes teatros. El Cielo se gana o se pierde personalmente.
Y lo mismo o mejor puede conquistarlo un simple pinche de cocina con su humilde trabajo que un rey con sus graves preocupaciones.
Todo depende de la fe con que se realizan todos los trabajos humanos, de la pureza de la intención y de la situación de unión con Dios.
El Libro Sagrado del Eclesiástico presenta el juicio definitivo como a través de una balanza en la que será colocado cada uno, y añade: “Asentado en la balanza fue hallado sin el peso exigido, porque cada uno será juzgado según el mérito de sus obras, no según su hermosura ni sus talentos, ni sus riquezas o sus dignidades, sino según su fidelidad en negociar las gracias y los talentos recibidos de Dios”.
El Cielo, se recibe a su hora. A un joven que preguntó a Cristo de qué manera conseguiría el ingreso en el Cielo, (cf. Mt 16, 19 ss), le respondió Jesús: “Guarda los mandamientos”, todos los mandamientos y siempre los mandamientos “y tendrás un tesoro en el Cielo”.
Germán Mazuelo-Leytón

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