Llamado a la coherencia de vida

mons-eugenio-30ago15bIglesia Viva 31.8.15. En sintonía con las lecturas de este domingo, Mons. Eugenio Scarpellini, obispo de la Diócesis de El Alto, exhortó a dar a conocer la verdad, a pesar de que muchos traten de acallarla, ya que sólo en la verdad podremos consolidar una sociedad de bien en la que nuestras próximas generaciones puedan vivir dignamente. Su llamado fue parte de la Eucaristía transmitida por los medios de comunicación desde la basílica de San Francisco de la ciudad de La Paz.

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Domingo XXII del tiempo durante el año
El amor: cumplimiento de toda ley.

Jesús dijo un día de sí mismo: “No he venido a abolir la ley, sino a dar cumplimiento a la ley”. (Mt. 5,17). Las lecturas de hoy nos permiten meditar esta enseñanza de Jesús y examinarnos sobre nuestra fidelidad a los mandamientos del Señor.
¿Es una fidelidad que nace del corazón? ¿Es un simple legalismo superficial que se contenta con lo mínimo? O, peor, ¿instrumentalizamos la ley del Señor para justificar nuestras malas acciones?
Todo el discurso de Moisés, en la 1era lectura, es una invitación a observar los mandamientos de Dios. Y la motivación profunda es que Dios no impone obligaciones o normas restrictivas a su pueblo, sino que lo hace para que el hombre tenga vida. En la temporada de la esclavitud en Babilonia, Dios envía al profeta Ezequiel para anunciar a su pueblo: “pondré en ustedes mi Espíritu para que guarden y observen mis mandamientos”. Es que la inobservancia de la ley del Señor había provocado el destierro y la muerte de muchos israelitas. La preocupación de Dios es el bien del hombre. Y el bien del hombre es estar en comunión con Dios que es su Padre. Lejos de la casa del Padre el hombre se pierde a sí mismo. Recordemos la parábola del hijo prodigo del Evangelio.
Entonces, la ley no está en contra del hombre, sino para que el hombre viva. La observancia de los mandamientos son la razón de la libertad de Israel y su existencia como pueblo: Israel existe en cuanto pueblo fiel a Dios. Y la ley, los mandamientos lo hacen el Pueblo de la Alianza: su observancia es vida. Así tendrán a Dios cerca de ellos, tendrán una tierra y una sabiduría como ningún otro pueblo.
Jesús asume la misma actitud frente a la ley: “Ni una coma de la ley pasará sin que se cumpla (cfr. Mt 5,18). Y También le dice al joven rico: “Si quieres entrar al Reino de los cielos, cumple los mandamientos”. (Mt. 19,17).
Pero en su vida pública, Jesús es acusado de no cumplir la ley de Moisés. Frente al tribunal de los sacerdotes se lo acusa de no respetar la ley del templo y del sábado; en el tribunal de Pilatos se lo acusa de instigar a la traición y no pagar impuestos. La finalidad no era buscar la verdad sino condenarlo, callarlo. Su verdad, su Buena Nueva, su nueva ley da miedo y es necesario silenciarlo. “Mejor que uno solo muera por el pueblo”.
También hoy podemos intentar silenciar la verdad acallando a quienes dicen la verdad con valor y coherencia y la defienden con coraje. Pero más allá de estos intentos, habrá siempre algún profeta que, por amor a Dios y su verdad, tendrá el valor de levantar la voz en defensa de los hermanos y su dignidad de hijos del Padre.
Jesús dijo: Yo no he venido a abolir la ley, sino para cumplir la ley (Mt 5, 17).Jesús es el Hijo obediente del Padre, asume y cumple la voluntad del Padre hasta dar la vida en la cruz por nosotros y así revelarnos el Dios misericordioso que perdona y no juzga, que abraza y no apunta el dedo amenazador.
Es importante aquí descubrir el perfeccionamiento de la ley que nos plantea Jesús.
Jesús va más allá de la letra y nos pide asumir el espíritu de la ley. Por eso nos propone un mandamiento nuevo: “Amen a Dios y ámense los unos a los otros como Yo les he amado”. El mandamiento, la ley nace de la experiencia del amor: amados por Dios más allá de nuestros pecados, somos capaces de amar a los demás, de perdonar, no siete veces, sino siempre, de amar no solo a quienes nos aman sino también a los enemigos y de dar la vida para los demás.
Por eso Jesús denuncia la hipocresía de los fariseos que “honran a Dios con los labios, pero su corazón está lejos de Él”. Son capaces de disfrazarse como santos y perfectos, pero por adentro los corroe la envidia, el engaño, el egoísmo, la avaricia, la codicia y el poder, el orgullo y la difamación, como dice el evangelio de hoy.
Por el contrario el discípulo vive los mandamientos desde el corazón y no de la boca para fuera. Porque, si por un lado, del corazón vienen la fornicación, el robo, el asesinato, el adulterio y toda clase de maldades, del otro lado del mismo corazón del discípulo fiel al Padre vienen la justicia, la rectitud, el rechazo a la calumnia, el amor a la verdad, el rechazo al soborno y corrupción, el amor al hermano.
Ahora es el momento de hacernos la pregunta más importante: ¿a quién dice todas estas cosas Jesús? ¿Sólo los fariseos de su tiempo?
Entendamos bien todos: esas palabras, pronunciadas aquel día por Jesús a sus discípulos, se dirigen hoy a cada uno de nosotros. De hecho, el fariseísmo no terminó con los fariseos, sino que ataña a la vida religiosa, social y política de los hombres de todos los tiempos.
Siempre estamos frente a la tentación de reducir la fe a prácticas religiosas y creer que el más piadoso y justo con Dios es quien más rezos, devociones, rosarios, peregrinaciones hace. Son cosas ciertamente buenas, pero si no vivimos el amor a Dios y a los hermanos, de nada sirven. En la vida social y familiar, a pesar de tantos discursos de autenticidad, de transparencia, hay hipocresía; estamos más preocupados de la apariencia, de la exterioridad, del juicio de la gente.

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