La verdad no es monopolio de nadie

mons-eugenio-27sep15-bIglesia Viva 28.9.15. “No podemos criticar, discriminar o demonizar al otro sólo porque piensa o habla diferente. No podemos tildar de malo o peor, callar como sea a quien tiene otra visión de la realidad y de la situación”, ha expresado Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de la Diócesis de El Alto y secretario general de la CEB, en la homilía de la liturgia de este domingo, celebración transmitida por los medios de comunicación desde la basílica San Francisco de la ciudad de La Paz.

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XXVI Domingo del Tiempo durante el año
“Dóciles al Espíritu y testigos valientes”

En la liturgia de hoy resuenan fuertes dos moniciones:
- Ojalá todos fueran profetas en el pueblo de Dios.
- Hay de ustedes si escandalizan a uno de estos pequeños míos.
El mundo, a lo largo de muchos siglos, no ha logrado superar la tentación de la división, de la exclusión. Los motivos son diferentes, aunque ninguno tiene validez o fundamento. Dividimos entre buenos y malos, separamos a los que son de una clase social diferente; la pertenencia o visión política crea antagonismos y luchas terribles. Como ejemplo, sería interesante mirar cuantos carnets tenemos en la billetera: carnet de identidad, del sindicato, del club deportivo, de la asociación, de los colegios profesionales; sin estos parece imposible vivir una vida social y a quienes no lo tienen se le dice fácilmente: “no puedes entrar, no eres de los nuestros”. Lastimosamente, de manera sutil, pero real, pasa esto también en nuestras comunidades parroquiales cuando a ciertas actividades, reuniones o celebraciones pueden participar los que son “del grupo o del movimiento”.
Si por un lado tenemos un gran deseo de unirnos, construir lazos de amistad y de fraternidad y buscamos conformar agrupaciones, fraternidades, comunidades de fe, movimientos populares también, al mismo tiempo sufrimos la tentación de encerrarnos en estos mismos grupos, ser selectivos y hasta excluyentes: abrimos las puertas a los que consideramos los nuestros y la cerramos a los otros. Es una actitud vieja como el mundo.
El Papa Francisco, en la Misa en Santa Cruz nos ha dicho con mucha fuerza: “Basta de descartes… La mirada de Jesús no acepta una lógica, una mirada que siempre “corta el hilo” por el más débil, por el más necesitado”. Basta de descartes.
Lo mismo sucedía al tiempo de Moisés en el desierto cuando su entorno quiere callar a dos jóvenes que están profetizando sin que hayan estado en la Carpa a la presencia de Dios. “Ojalá todos fueran profetas en el pueblo de Dios, porque Él les infunde su Espíritu”, responde Moisés.
Lo mismo sucedía al tiempo de Jesús cuando los discípulos quieren impedir que una persona expulse a los demonios porque no pertenece al grupo. “No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi nombre y después hablar mal de mí”, Contesta Jesús.
Siempre nuestro querido Papa Francisco, hablando a los jóvenes en Cuba y comentando el testimonio de uno de ellos ha reflexionado sobre este mismo tema.
“Realmente, nosotros, a veces, somos cerrados, no sabemos acoger y aceptar al que piensa diferente. Nos metemos en nuestro mundito: ‘o este es como yo quiero que sea, o no’”. Retomando las palabras del joven continuó diciendo: “que no nos encerremos en los conventillos de las ideologías o en los conventillos de las religiones… Corazones abiertos, mentes abiertas. Si vos pensás distinto que yo, ¿por qué no vamos a hablar? ¿Por qué siempre nos tiramos la piedra sobre aquello que nos separa, sobre aquello en lo que somos distintos? ¿Por qué no nos damos la mano en aquello que tenemos en común?”.
Hay personas que sin nombrar a Cristo o declararse creyentes, luchan para el crecimiento del Reino de Dios y para que sus valores, verdad, justicia, amor, igualdad y solidaridad se difundan en la sociedad. De esto debemos estar agradecidos.
Esto nos enseña Jesús: a practicar y crecer en el respeto y en la tolerancia: debemos superar los celos, los prejuicios y mirar con confianza a quienes actúan con sinceridad en bien de los hermanos, de la justicia y la paz, aunque no pertenezcan a nuestros grupos.
Es una actitud que debe ampliarse a todos los ámbitos de la vida del hombre, familiar, social y política. No podemos criticar, discriminar o demonizar al otro sólo porque piensa o habla diferente. No podemos tildar de malo o peor, callar como sea a quien tiene otra visión de la realidad y de la situación. La verdad no es monopolio de nadie; no es automático el binomio, la relación “autoridad = verdad”. No porque uno tiene un rol, una responsabilidad en la comunidad, automáticamente todo lo que dice es verdad y lo que hace es bueno. Necesitamos crecer en la humildad y la sabiduría para aceptar que entre todos podemos construir una comunidad, una sociedad más justa, más fraterna y solidaria.
Es aquí que la verdadera experiencia del amor de Dios nos abre a los hermanos, a todos los hermanos; nos permite tener un corazón abierto al mundo y alegrarnos de la acción del Espíritu que actúa en todos con absoluta gratuidad.
En las lecturas de hoy encontramos también otro tema muy importante: “Hay de ustedes si escandalizan a uno de estos pequeños míos; mejor sería que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar”.
La palabra de Jesús es fuerte y radical: “si tu ojo, si tu mano, tu pié son motivo de escándalo, córtatelos, sácalos…” para que no sean motivo de escándalo y no te impidan entrar al Reino de los cielos. Cuidado, no podemos suavizar la palabra de Dios o pensar simplemente que es “un decir”.
Si solo abrimos los periódicos, miramos la televisión o escuchamos la radio, todos los días escuchamos noticias de escándalos familiares, abusos y violaciones, corrupción en instituciones públicas y privadas, manipulación de la justicia por parte de quien más tiene o puede… Y nuestra Iglesia, tampoco está exenta de eso por la mala actuación de algunos de sus miembros. Lastimosamente también los cristianos, los creyentes somos, a veces, motivo de escándalo, somos obstáculos en el camino al encuentro con Jesucristo para nuestros hermanos.
En la segunda lectura, la carta de Santiago denuncia el escándalo de los ricos que amontonan riquezas a costa de los pobres, de los trabajadores; el escándalos de los que condenan y matan solo para defender sus intereses.
También estos son hechos que se repiten a distancias de tantos años. En la sociedad vemos cada vez más una pérdida de sentido ético de la vida y la convivencia social, la baja de una visión más seria y digna de la persona humana; el dinero fácil y el placer inmediato atraen más que la honestidad, la honradez, la laboriosidad y la coherencia de vida.
¡Qué escándalo para los pequeños, para las generaciones jóvenes!
El llamado de Jesús es la conversión: “Conviértanse”.
Una primera actitud es la conversión personal porque es del “corazón del hombre que salen toda clase de maledicencia, impureza, engaños, rivalidades y egoísmos”, como nos dice la Carta de Santiago. Es importante mirar e imitar a Jesús. Ya no podemos declararnos discípulos y vivir de manera incoherente o ser insensibles frente a las necesidades y sufrimientos de los hermanos, cínicos frente a las situaciones de injusticia, callados y miedosos en situaciones que claman una palabra en defensa de quienes son más débiles, de los que no tienen voz.
Es necesaria también una conversión comunitaria. Las instituciones públicas, las organizaciones deben recuperar su identidad de servicio para el bien común a partir del respeto y valoración de la dignidad de la persona humana. De manera especial deben tener una mirada privilegiada con los más pobres y emarginados.
De manera especial, no hay que tenerle miedo a ser “piedra de escándalo”, en sentido positivo. Jesús tiene el valor de ir contracorriente; denuncia la hipocresía de los fariseos, no discrimina a publicanos y pecadores, se sienta a la mesa con ellos, saca a los vendedores y cambistas del tempo porque era el lugar del culto espiritual y no del comercio.
Ser hoy “piedra de escándalo” significa actuar con amor donde el mundo procede por interés, con la luz de la verdad frente a las mentiras, los engaños y las manipulaciones de la verdad; significa salir de las sacristías, superar el miedo para ser protagonistas, profetas de Dios para un mundo nuevo.
Pidamos a Dios el don de la conversión y el valor para combatir los escándalos y no ser nosotros mismos motivo de escándalo.

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